
Mi querido amigo:
Discúlpeme. No lo tuteo. Usted creerá que después de algunos whiskies fraternales acompañados de hielo y tanta reflexión en su departamento cimentaron el voseo, pero voy a escudarme detrás del respeto, y no seré la primera en descubrir que la distancia tiene su impunidad. Usted sabe ,el oficio.
¿Se imagina la escena? Piénsela en términos reales, que esto no es una película de Hollywood. Los móviles avanzan casi tontos, golpean los cordones, apabullan la calle de luces, sirenas. Circo de ruido y tedio. El oficial Pedro, narcótico, casi bosteza cuando los otros embisten la puerta, se hacen señas, berretean el SWAT. Era un tipo recién divorciado que noviaba ya con una pibita que todavía podía dárselas de nínfula. Pedro, que leía algunas cositas, podía jugárselas de Humbert Humbert versión todo por dos pesos. La chiquilina detestaba el humo y él de tan calentón, obediente, había abollado el último paquete hacía seis meses. Este señor imaginaba alguna pelea, una riña de poca monta, eran “ruidos y gritos” de “gente que no es como uno” eso que se escuchaba en el chalet.
Lo primero que siente son los rulos negros, largos. Son dos, que están en una pose grotesca, parecida al rezo. Hay un cuerpo acostado, Pedro piensa, primero, en la panza que se desparrama de un señor entrado en años, que parece de algodón, tan similar a la suya. Podía ser su ombligo oradado por el cuchillo. Porque usted sabe, el egocentrismo es un galgo que suele ganar la carrera. Antes que acariciara su calva, se apretara el cráneo con los dedos, siente la mata de rulos en la muñeca. “Mi papá tenía el demonio en el cuerpo y se lo pasó a mi hermana”, le dijo. Bah, lo dijo como quien se lo dice a sí mismo, con esas peleas yoicas que se disfrazan de diálogo y son monólogo. Pedro salió de ahí a paso apretado, sin darse cuenta consiguió un cigarrillo y un encededor. El fuego crepitó sobre el papel y aspiró largo. La brasa como un camino de desesperación avanzó de una sola pitada hasta casi la mitad del pucho. Susana estaba a su lado.
La dueña de esa casita del horror vivía al lado. Fue ella la que llamó a la policía. Se regodeaba, claro. Ese “yo te lo dije” le inundaba la cabeza con satisfacción. Susana tenía una melena casi rojo punzó que había agitado el día anterior frente a su amiga. “Esos tipos andan en algo raro, yo sé lo que te digo”. Mi estimado, conocerá el prototipo de estas féminas a la caza de irregularidades, como agentes sanitarios de las buenas costumbres, que acusan a troche y moche la decadencia en los demás. Ni pensaba todavía Susana en lo difícil que sería de alquilar el chalet después de rito satánico ultra mediático. Se paseaba sobre el pastito mojado, entre los policías, esperando que la llamen a prestar declaración. Amigo mío, la podrá imaginar horas antes cerca del paroxismo, del orgasmo vouyerista, con los dedos cerrados sobre la cortina pesada, la napia contra el vidrio. “Déjenme vivir”, se escuchaba.
Desdibuje ya mismo esa sonrisa torcida, que lo conozco. Con ese cinismo que carga ya lo veo ahí sentado en el escritorio, regulando el volumen de la música de un Sabina que todavía le canta a la infidelidad como arte. Léame, sígame, que este es un juego perverso que le propongo, que me pongo a teclear como idiota una noche como hoy, donde Coltrane no me calla los dedos.
¿En qué estábamos? Ah claro, habíamos terminado con la dueña del chalecito del horror, Susana. Pero volvamos un segundo al living, que ahí estaban Silvia y Gabriela Vázquez sobre sus rodillas y sin ropa. La primera, de 21 años, había vuelto ese día del Centro Alquímico de Buenos Aires. ¿Vio lo que pasa cuando los milagros de la virgen de su ciudad natal no alcanzan en esa espiral de desesperación? Algunas conciencias no se aquietan con la hostia los domingos. Tal fue así, que Silvia traía en su mano un folleto mal impreso – creo que había faltas de ortografía, pero el diablo metió la cola en eso- con los pasos para llevar a cabo una purificación. Imagínela a la chica, caminando apresurada, chocándose con la gente, la melena suelta y revuelta por el viento. Pensaba que habían llegado esos momentos importantes, de inflexión, la pátina de la fantasía lo teñía todo, incluso minimizaba el hecho que fuera su propio padre el huésped del demonio. Su tarea necesitaba de ayuda para bañar de luz la oscuridad de su vida. Convenció a Gabriela, su hermana mayor. Cómo fue el momento de la decisión de ambas de sacarle los ojitos a su progenitor alrededor de velas y cánticos a extrañas deidades, no lo sé. Y ahí sí que no me aventuro a conjeturar.
Recordará que los medios entonces, sí que se lanzaron a la carga. Los amarillistas, los que chorrean sangre, fueron por la explicación esotérica. Los de culo fruncido, manotearon la psiquiatría. Dígame que no suena top, algo como folie à deux, una locura de a dos. Entonces piense en un señor panzón y bigotudo, como todo burgués que se precie de tal, explicando que la hermana más chica era psicótica, y la otra una neurótica profunda que se contagió el delirio. La convenció para que le arranquen los ojos a su padre, una manera de cegar a Belcebú, de masticarlo para alimentarse de su fuerza, y todos esos horrores que pudimos ver por televisión, diarios y revistas. Yo me acuerdo, ¿y usted?
La imagen es clara, supongo que fue un momento real, de esos que explica Don Lacán. Porque entiende que solemos derrochar palabrerío, en busca de algún sentido. Usted sabe, el oficio. Pero cuando llegan momentos reales, puede ser que sólo recuerde esa imagen de la revista sobre mis piernas cruzadas como un indiecito, las páginas enceradas sobre la piel, mirando las fotos de la revista Gente. Repasaba, amigo mío, una y otra vez los detalles. Me quedé sin palabras. Fue la primera vez que viví el horror sin metáforas.
Espero con ansias su respuesta a este ejercicio inútil, como casi todos.
Saludos afectuosos,
Florencia Ventosa
(texto que resulta del curso “Crónica y delito”, que se dicta en el Centro Cultural Rojas)
Noticia disparadora
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1206076